Los países desarrollados son los que más invierten en Investigación y Desarrollo. Sin embargo, su adecuada protección es la que permitirá generar dividendos.

Si bien la revolución industrial iniciada en Inglaterra en el siglo XVIII supuso una transformación considerable en una economía basada en el trabajo, hoy en día hablamos de la revolución del conocimiento.

El bien más preciado es la capacidad de los individuos para resolver los problemas técnicos y sociales a través de la tecnología. Tales creaciones se conocen como activos intelectuales.

Se estima que en los años 80, el valor de los activos intangibles representaba 17% del valor contable de las empresas. Hoy en día este porcentaje supone más del 70%. Una realidad que se refleja en los países más desarrollados que lideran el ranking en la inversión en I+D.

Sin embargo, la protección adecuada de este conocimiento permitirá generar dividendos a las personas o países que lo desarrollaron, con la finalidad de obtener incentivos para seguir investigando.

Un invento protegido puede ser vendido o licenciado, generando riqueza y bienestar a las personas, empresas o países involucrados.

Gran parte del PIB de los países más desarrollados proviene de ingresos derivados de la propiedad intelectual. Estados Unidos, por ejemplo, paga a Europa cada año 2.800 millones de euros por royalties de patentes, mientras que Europa debe pagar a Estados Unidos 14.000 millones de euros anuales por el mismo concepto. Es decir que Estados Unidos recibe 5 veces más de lo que paga por royalties de patentes.

Según la Organización Mundial de Propiedad Intelectual (OMPI), la propiedad industrial es un mecanismo esencial para el desarrollo de la humanidad y un camino para lograr el equilibrio y estabilidad entre los países desarrollados y en vías de desarrollo. Representa además, un medio para ampliar las posibilidades derivadas de las nuevas tecnologías, fundamentalmente de la información y de las comunicaciones.

En este sentido, algunos países miembros consideran que la adquisición de tecnologías extranjeras mediante la transferencia de tecnología es primordial para el desarrollo económico y social de los países en desarrollo.

Pero este proceso no puede ser solamente unidireccional. Para aprovechar y adaptar la tecnología con miras a fomentar la competitividad nacional, los países deben complementar la transferencia de la tecnología con su propio esfuerzo.