Las organizaciones que aspiran al liderazgo en cualquier sector de actividad, o que, siendo líderes quieren consolidar su posición, han comprendido que para diferenciarse de la competencia, innovar no es opcional, sino obligatorio.

La innovación no tiene por qué consistir necesariamente en emprender largos y costosos procesos de I+D. Una innovación que a priori puede parecer insignificante por el bajo coste para su desarrollo o la sencillez de la misma, puede suponer para las empresas una asombrosa rentabilidad.

El conocimiento o know-how reside en las personas, y aquellos creativos capaces de introducir un producto totalmente novedoso en el mercado, definir un servicio único o diseñar un logotipo exclusivo por su enorme distintividad es lo que todo empresario querría tener cerca para diferenciarse y ser un referente.

Ocurre que, inevitablemente, en este tipo de perfiles laborales existe mucha rotación, y la mejor manera de garantizar que el conocimiento generado por esas personas permanezca en la empresa, pasa por una apuesta firme por la adecuada gestión de los activos intangibles, y más concretamente del patrimonio de propiedad industrial e intelectual.

La mayor parte de las compañías, conscientes de la cantidad de información que circula en Internet, accesible a un solo ‘click’ desde cualquier parte del mundo, conocen los riesgos de no registrar sus marcas, sus patentes y nombres de dominio. Las empresas saben que proteger dichos activos es una necesidad.

Este vertiginoso ritmo empresarial marcado por la sociedad de la información, obliga a las empresas, en ocasiones, a proteger sus activos de forma precipitada, sin haber definido la estrategia territorial adecuada (países en los que necesita protección), el agente de propiedad industrial mas ventajoso para sus necesidades o la modalidad de protección más conveniente para el activo en cuestión.

Una empresa apuesta verdaderamente por gestionar sus activos de propiedad industrial e intelectual en el momento en que abandona la concepción de la “mera tenencia” de activos propiedad industrial e intelectual como un trámite que supone gastos de registro, para pasar a considerarla como una “oportunidad” y los gastos derivados de la protección, como una inversión.

En este sentido, para garantizar la obtención de rentabilidad a partir de la explotación, licencia o transferencia, de los activos de propiedad industrial e intelectual es imprescindible definir una política homogénea, clara y uniforme en esta materia.

La mejor forma de concienciar e implicar a los empleados de todos los niveles en un cambio de mentalidad de estas características es implantar un Sistema de Gestión de Propiedad Industrial e Intelectual (SGPII) que garantice la gestión eficaz en esta materia de acuerdo a las directrices organizativas y de negocio.

Implantar un SGPII en una organización permite detectar oportunidades, controlar riesgos, salvaguardar la confidencialidad y la imagen de la compañía, y controlar las herramientas necesarias para saber cómo actuar a nivel práctico en la operativa diaria.